¿Cuándo acudir a un psicólogo infantil o una psicóloga infantil?

Decidir acudir a un psicólogo o psicóloga infantil no suele ser fácil. Tampoco suele ser una decisión urgente o inmediata. Muchos padres y madres pasan semanas, incluso meses, preguntándose si lo que está ocurriendo entra dentro de lo que consideran “normal” o si, por el contrario, es momento de pedir ayuda profesional. Puede que nos surja la duda, que aparezcan miedos y, en ocasiones, sentimientos de culpa sobre cómo manejamos y nos adaptamos a la situación: ¿estaré exagerando?, ¿se le pasará con el tiempo?, ¿estaré haciendo algo mal?, ¿podría hacer algo más?

La realidad es que la infancia y la adolescencia son etapas de altibajos y cambios constantes tanto a nivel físico, como cerebral, en sus relaciones y también en sus prioridades y en la forma que tienen de experimentar y entender el mundo que les rodea por lo que es difícil saber con exactitud si se requiere la ayuda de un/a profesional, pero no todo malestar requiere de uno/a para realizar una intervención clínica. Por otro lado, tampoco debe resolverse todo “esperando a que se le pase” porque podemos estar allanando el camino para que la situación se pueda complicar y haga necesaria la intervención psicológica más adelante. Saber identificar cuándo una dificultad necesita acompañamiento profesional es una forma de cuidado, prevención y protección del bienestar emocional de nuestros/as hijos/as y también de nuestra familia en general.

En la actualidad, algunos de los motivos de consulta más frecuentes por parte de madres y padres están relacionados con los problemas de conducta, la autoestima, el estado de ánimo, las habilidades sociales y el uso inadecuado o problemático de las nuevas tecnologías, aunque también son muy importantes los motivos que puedan tener los/as menores para acceder a atención psicológica. Comprender estas dificultades y reconocer ciertas señales puede ayudar a tomar decisiones más tranquilas y fundamentadas así que, desde Psicólogos Benavente Antón, te queremos informar de las preocupaciones más frecuentes que pueden tener los/as menores y también te vamos a dar unas primeras indicaciones en caso de que te estés planteando la idea de acudir a un/a profesional de la psicología infantil o juvenil.

Preocupaciones frecuentes en niños, niñas y adolescentes

La relación con los padres

Sí, una de las preocupaciones más habituales entre los y las adolescentes de hoy día es la propia relación con sus padres. Esto puede sorprender a más de uno/a porque, a veces, por muy difíciles que puedan parecer los conflictos, las discusiones, o la relación en general, y salvo algunas importantes excepciones, los padres y las madres siguen siendo las figuras más importantes hasta bien entrada la adultez. Durante la adolescencia, cada cual necesita diferenciarse, por un lado, de las figuras parentales que le han acompañado durante tantos años, comenzando la construcción de su propia autonomía e independencia pero, al mismo tiempo, sigue necesitando seguridad, acompañamiento y apoyo.

Pueden surgir:

  • Discusiones frecuentes y recurrentes.
  • Sensación de incomprensión por ambas partes.
  • Distanciamiento emocional y reducción del tiempo compartido.
  • Secretismo excesivo, de tal manera que podamos tener la sensación de que han dejado de contarnos su vida y lo que les pasa.
  • Desobediencia y reacciones desproporcionadas ante límites.

Cuando el conflicto se alarga y el vínculo se deteriora significativamente, es recomendable buscar asesoramiento para poder reconstruir canales de comunicación más saludables y trabajar dinámicas de expresión asertiva.

Autoestima

La autoestima comienza a construirse desde los primeros años de vida, pero se vuelve especialmente vulnerable en la etapa escolar y durante la adolescencia. Las comparaciones constantes, la presión por los estudios, la influencia de las redes sociales y una necesidad de pertenencia influyen de manera significativa en cómo se expresará.

Algunas señales frecuentes son:

  • Excesiva autocrítica, con autorreproches frecuentes.
  • Miedo intenso a equivocarse y/o al rechazo.
  • Necesidad de aprobación, éxito o productividad excesivas.
  • Sensación persistente de no ser suficiente.
  • Evitación de retos por miedo al fracaso.

Las redes sociales, además, amplifican estas comparaciones, reforzando estándares irreales de éxito, belleza o popularidad. Cuando la autoestima es frágil, pueden desarrollar ansiedad, retraimiento social o conductas de autoexigencia que pueden generan gran malestar.

Habilidades sociales, dificultades de relación y necesidad de aceptación

Relacionarse no siempre es sencillo, especialmente cuando somos menores, y pertenecer a un grupo es una necesidad básica importantísima durante estos años porque sentir la aceptación y la validación de los demás empieza a ser un aspecto central de nuestra vida. Algunos/as niños/as muestran timidez extrema, dificultades para integrarse en el grupo o problemas para gestionar conflictos. Otros/as pueden presentar conductas impulsivas o agresivas que dificultan el vínculo con las amistades.

Es importante atender y observar:

  • Si ocurre un aislamiento social persistente.
  • Si se suceden muchos conflictos con compañeros/as.
  • Si existe un rechazo frecuente por parte del grupo (en clase o en otros contextos).
  • Si hay dificultad para interpretar o seguir normas sociales.
  • Si observamos dependencia excesiva de una única amistad.

Si vemos cambios bruscos de comportamiento en las situaciones sociales, como un bloqueo excesivo que impide hablar o, por el contrario, acercamientos exagerados a personas completamente desconocidas

Estudios y presión académica

El rendimiento escolar es una fuente constante de preocupación. Muchos/as pueden llegar a pensar que su futuro depende exclusivamente de sus notas por lo que pueden desarrollar actitudes muy exigentes.

Señales de alerta:

  • Ansiedad intensa ante exámenes, con llanto y sensaciones de desesperación.
  • Bloqueos cognitivos, exámenes en blanco pese a un estudio intenso.
  • Perfeccionismo extremo.
  • Procrastinación acompañada de sensación de culpa.
  • Abandono o desmotivación total.

La presión, tanto interna como externa, puede generar altos niveles de estrés y afectar a la salud mental.

El futuro y la incertidumbre

Preguntas como “¿qué voy a hacer con mi vida?” aparecen con frecuencia en edades todavía tempranas. A esto se suman preocupaciones sobre crisis económicas, guerras, cambio climático o inestabilidad social.

Algunos adolescentes expresan:

  • Sensación de desesperanza o desilusión por no alcanzar sus expectativas.
  • Miedo constante al futuro.
  • Desmotivación por falta de expectativas.
  • Preocupaciones existenciales intensas.

Drogas y conductas de riesgo

En la adolescencia, la curiosidad y la búsqueda de pertenencia pueden llevar al consumo experimental de sustancias. Sin embargo, cuando el consumo se convierte en una forma de regulación emocional o se acompaña de conductas impulsivas repetidas, conviene intervenir.

Señales importantes:

  • Cambios bruscos de grupo de amigos.
  • Mentiras frecuentes.
  • Irritabilidad.
  • Secretismo extremo.

Descenso acusado en el rendimiento académico.

Sexualidad e identidad

La adolescencia es una etapa de exploración sexual y construcción de identidad. Las dudas, la presión social o el miedo al juicio pueden generar angustia y malestar emocional.

Puede ser recomendable consultar cuando aparecen:

  • Culpa o ansiedad intensa asociada a la sexualidad.
  • Confusión identitaria que genera gran sufrimiento.
  • Experiencias de presión o coerción.
  • Exposición a riesgos digitales relacionados con la sexualidad.

SEXUALIDAD E IDENTIDAD ADOLESCENTE

Preocupaciones frecuentes en madres y padres

Nos gustaría mencionar dos de las más importantes y que abarcan un gran número de consultas a los despachos de psicología, los problemas de conducta y el uso de las tecnologías móviles.

Problemas de conducta

Las conductas desafiantes forman parte del desarrollo en determinadas etapas. Sin embargo, cuando son persistentes, intensas y generan deterioro en el entorno familiar o escolar, conviene analizar qué está ocurriendo.

Algunas conductas que requieren atención son:

  • Rabietas muy intensas o prolongadas.
  • Agresividad física o verbal frecuente.
  • Incumplimiento sistemático de normas.
  • Mentiras constantes.
  • Desafío permanente a figuras de autoridad como los profesores, padres y madres de compañeros/as de clase, familiares allegados y, por supuesto, sus propios progenitores.

Es importante recordar que la conducta agresiva suele estar precedida de sensaciones y sentimientos de tristeza o, incluso, sintomatología depresiva. Detrás de un comportamiento disruptivo suele haber una necesidad emocional no atendida o una dificultad en la regulación de las emociones negativas.

Uso problemático de tecnología

El estatus en redes sociales se ha convertido en un indicador de validación social. El número de seguidores, los “likes” o los comentarios pueden afectar directamente a la autoestima de un/a menor (y también a la de una persona adulta).

Señales de alerta:

  • Uso excesivo que interfiere con sueño o estudios.
  • Irritabilidad al limitar el acceso.
  • Dependencia emocional de la aprobación online.
  • Comparaciones constantes con amistades, con creadores de contenido o “influencers”.
  • Vida digital activa acompañada de aislamiento offline.

Cuando el móvil, la tablet, el ordenador o los videojuegos se convierten en las principales fuentes de regulación emocional, es importante valorar una intervención.

Señales de alerta: síntomas cognitivos, emocionales y conductuales

Para ayudaros a tener más claro cuándo acudir a un profesional, puede resultaros útil observar si aparecen las señales desde estas tres dimensiones. No hace falta saber demasiado sino más bien atender a estos aspectos importantes y, en este caso, nos referimos a lo que nuestro/a hijo/a piensa, siente o hace, y si existe alguna diferencia respecto a años anteriores.

Síntomas cognitivos (lo que piensa)

Como son pensamientos, serán imposibles de observar directamente y tendremos que prestar atención a lo que nuestro/a hijo/a dice de sí mismo/a. Podemos estar pendientes de:

  • Pensamientos negativos recurrentes sobre uno/a mismo/a.
  • Preocupaciones excesivas o anticipación constante de peligro.
  • Dificultades significativas de concentración.
  • Bloqueos ante tareas que ya se consideran habituales.
  • Ideas de inutilidad o fracaso persistentes.

Cuando los patrones de pensamiento generan sufrimiento mantenido o interfieren en el funcionamiento diario, conviene valorar intervención.

Síntomas emocionales (lo que se siente)

  • Tristeza frecuente o llanto sin causa aparente.
  • Irritabilidad constante o presencia de ira intensa.
  • Ansiedad intensa ante problemas o situaciones cotidianas.
  • Miedos desproporcionados.
  • Apatía o pérdida de interés de lo que antes sí interesaba.

Las emociones son variables por naturaleza, pero cuando su intensidad, duración o frecuencia superan lo esperable para la etapa evolutiva, es recomendable consultar.

SÍNTOMAS EMOCIONALES

Síntomas conductuales (lo que se hace)

  • Cambios bruscos en el comportamiento habitual.
  • Cambios en los comportamientos de autocuidado.
  • Aislamiento repentino.
  • Conductas regresivas (volver a conductas propias de etapas anteriores).
  • Problemas de sueño o alimentación.
  • Conductas de riesgo en adolescentes.

Un criterio clave es el impacto: si la dificultad interfiere en la vida familiar, escolar o social durante varias semanas o meses, es importante buscar orientación profesional.

¿Es mejor esperar o consultar?

Muchas familias dudan por miedo a “sobrediagnosticar” o etiquetar. Sin embargo, acudir a un/a psicólogo/a/a infantil no implica necesariamente iniciar una intervención o un proceso largo de terapia. A veces basta con una evaluación y orientación a padres para clarificar la situación y ofrecer herramientas concretas.

Consultar no significa dramatizar. Significa prevenir, comprender y acompañar antes de que el malestar se cronifique.

Recursos y herramientas para padres en proceso de decisión

Cuando la decisión de acudir a terapia genera dudas o resistencia, pueden resultar útiles los siguientes recursos:

Registrar lo que ocurre

Anotar brevemente durante dos o tres semanas:

  • Cuándo aparece la dificultad.
  • Qué creemos que la desencadena o qué es lo que ocurre antes de observarla.
  • El comportamiento que observamos en nuestro/a hijo/a.
  • Cómo respondemos antes este comportamiento los adultos.
  • Cuánto dura el comportamiento.

Este registro ayuda a objetivar la situación y puede aportar mucha información valiosa si finalmente nos decidimos por pedir una cita para evaluar la situación.

Cuidar la comunicación

  • Hablar con nuestro/a hijo o hija desde la curiosidad, no desde el interrogatorio:
    • “He notado que últimamente estás más enfadado/a, ¿quieres contarme cómo te estás sintiendo?”
    • “A veces pienso que puede estar sucediendo algo en el instituto que no me quieres contar. Entiendo que puede ser difícil para ti pero yo estoy dispuesto/a a escucharte”
  • Validar sin minimizar:
    • “Entiendo que esto te pueda estar costando, cuando quieras estaré aquí para echarte una mano”.

La escucha activa puede aliviar parte del malestar y fortalecer vuestro vínculo. Es conveniente tener en cuenta que no habrá frase, comentario o acuerdo que solucione todo en un mismo día, será un camino que recorrer, por lo que tratar de ofrecerles una solución inmediata no tiene porqué solucionar nada. Escuchar, entender su perspectiva y, simplemente, ofrecer la nuestra, puede ser un buen inicio para el cambio

Revisar expectativas

A veces el sufrimiento surge de expectativas poco ajustadas a la etapa evolutiva. Informarse sobre el desarrollo infantil y adolescente puede aportar tranquilidad y perspectiva.

Pedir orientación antes de decidir

Se puede solicitar una primera entrevista informativa con un profesional para resolver dudas, conocer el enfoque de trabajo y valorar si la intervención es necesaria en ese momento.

Cuidar el bienestar parental

El malestar de los hijos impacta profundamente en los padres. Buscar espacios propios de autocuidado, apoyo familiar o incluso orientación psicológica individual puede marcar una diferencia importante.

Conclusión: ¿cuándo acudir a un/a psicólogo/a/a infantil en Granada?

Primero de todo, acudir a un/a psicólogo/a infantil no es un signo de fracaso en la crianza, no es una señal de fracaso para madres o padres. Es una decisión responsable cuando el malestar persiste, interfiere o genera sufrimiento significativo.

La infancia y la adolescencia son etapas sensibles y, al mismo tiempo, extraordinariamente plásticas. Intervenir a tiempo permite fortalecer la autoestima, mejorar las habilidades sociales, comprender los cambios adolescentes, abordar problemas de conducta y prevenir usos problemáticos de la tecnología, entre otras cosas.

Si algo te preocupa de forma recurrente, si sientes que la situación te supera o si notas que el vínculo se está deteriorando, no tienes que gestionarlo en soledad. Pedir ayuda no significa que estés fallando como madre o padre; significa que estás dispuesto a cuidar del bienestar emocional de tu hijo… y también del tuyo.

Así que, si te has visto identificado/a con algunas de las problemáticas que hemos comentado en este artículo, queremos que sepas que en Psicólogos Benavente Antón estamos preparados/as para atenderos de forma profesional y cercana. Si tienes dudas o preguntas siempre puedes contactar con nosotros, ¡échale un vistazo a nuestra página de contacto!